Súper Porky vive en el sexto piso de un departamento ubicado cerca del Metro Martín Carrera. Debido a que sus rodillas se han quedado prácticamente sin cartílago -y a que para moverse necesita un bastón y que alguien lo sostenga del brazo- casi no sale de casa, o baja los seis pisos sólo un par de veces por semana, cuando acompaña a su esposa a las arenas para vender gorras, playeras, sudaderas y otros artículos de lucha libre.

Ese negocio se ha convertido en su fuente de ingresos desde hace más de un año, cuando dejó de luchar a causa de varias lesiones: una en la ingle (que comenzó por unas patadas de canguro que recibió en la Arena Coliseo, y que después empeoró porque él no siguió las indicaciones del médico y se fue a luchar a la Arena Coliseo de Guadalajara); otra en la columna (tenía una vértebra encima de la otra), una más en el brazo derecho y -por si fuera poco- el severo desgaste en las rodillas:

“En mis mejores años creía que siempre iba a estar sano y joven, que podría luchar varias veces a la semana como si nada. También estaba seguro de que seguiría ganando mucho dinero. A mis hijos siempre los saqué adelante económicamente porque era mi responsabilidad y me iba muy bien, pero todo lo que me sobraba lo despilfarré en alcohol y otros vicios, en tonterías… “Después de que me separé de mi primera esposa, llegó otra mujer a mi vida que sólo me estafó. Por ella acabé sin casa –en donde se quedaron muchos trofeos, máscaras y recuerdos de Los Brazos-; también me dejó sin coche, sin muebles, sin ropa y sin un centavo. Prácticamente estaba en la calle y tuve que empezar de cero. Ahora vivo en este departamentito que mi nueva esposa compró y estamos pagando; es pequeño pero sólo estamos ella, nuestros nuevos hijos (los perritos Nena y Brazo Jr.) y yo, así que es más que suficiente para los cuatro.”

Hace como seis meses coincidí con Súper Porky en las oficinas de la Arena México. De aquel día a este nuevo encuentro que hoy tenemos en su casa, la mejora en su físico es notable: Ha perdido casi 50 kilos, ya no está tan pálido y -como nos platica- ha podido librar el quirófano en varias ocasiones, gracias a los médicos –con quienes está infinitamente agradecido, al igual que con el señor Francisco Alonso Lutteroth- y a que le ha ayudado mucho la banda gástrica o baipás que le colocaron:

“Cuando empecé mi tratamiento, los médicos me mandaron a hacer estudios de la cabeza a los pies. Tardé mucho tiempo en hacerme lo que pedían y al final salí mal de todo… La causa más importante de todos mis males era la obesidad. Inclusive, para saber si era o no candidato al baipás gástrico me mandaron al psicólogo y ahí me ayudaron a enfrentar mi problema con la comida. “Sufro de gula. Es un problema muy difícil: antes me pasaba el bocado casi entero y ahora sé que primero lo tengo que masticar unas treinta veces. Mi problema con la comida llegaba al grado de que, por ejemplo, si alguien estaba conmigo en la mesa y dejaba comida en su plato, yo me la comía. Lo mismo pasaba con las bebidas. Dejaba platos limpios en todos lados. También era un problema para mí que si alguien me traía un regalo, generalmente se trataba de comida…”

Pese a todos los problemas de salud que ha enfrentado, Brazo de Plata se siente feliz porque la vida le está dando otra oportunidad. Sigue siendo el mismo luchador carismático y bonachón que los aficionados ensalzaron hasta el último día en que las lesiones le permitieron luchar; también es el mismo hombre que algún día se reunirá con sus hermanos y que no teme morir haciendo lo que más le gusta, si es que algún día la vida le permite volver al cuadrilátero.

Ahora que tiene mucho tiempo libre en casa, se ha dedicado con esmero a aprender a leer y a escribir en el Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (INEA) porque –aunque en sus mejores años pudo librar toda suerte de problemas a causa de su falta de preparación escolar-, sí reconoce que mucha gente “se lo llevó al baile” por no saber leer, escribir, sumar, etcétera. Ahora, la única canción con la que le encantaría que se lo lleven al baile es, por supuesto “La bomba”.